Bogotá: La marcha blanca de vendedores en el espacio público por Allan Enrique Bolivar Lobato

    Miles de vendedores salieron a la calle de la capital el 29 de febrero para protestar en contra de las medidas represivas adoptadas en su contra desde el inicio de la administración de Peñalosa. Decomiso, multas y encarcelamientos son algunos de los ingredientes de la estrategia del Alcalde para “recuperar” –a nombre de todos los habitantes de la ciudad– el espacio público, disfrutado de forma inequitativa por los ciudadanos de la capital. Derecho al trabajo, a la vida, la alimentación, salud, educación (entre otros) vs. Espacio público. En pugna por su sobrevivencia resisten miles de trabajadores independientes y precarios de la capital. Mientras aquí aprieta, en el otro espacio público, el de los humedales y zonas verdes, cede ante las empresarias de la construcción.
    El 29 de febrero Bogotá amaneció refrescada con aires de protesta. Desde cuatro puntos distintos de la ciudad partieron alrededor de 18.000 personas hacia la Plaza de Bolívar, sede de la alcaldía de la ciudad, en una concurrida marcha que tapizó de rostros populares, vestidos de blanco, y arengas reivindicativas por el derecho al trabajo y al pan algunas de sus calles más importantes. Inmensa población: según datos del Instituto para la Economía Social (Ipes) hasta junio del 2015 estaban censados en Bogotá 47.800 vendedores informales; las localidades de Suba con 1.494, y la de Chapinero con 2.284, es donde existe mayor concentración de los mismos.
    La masiva concurrencia no era casual. Miles de quienes tienen que rebuscarse por cuenta propia, disimulando el desempleo y la precariedad laboral que reina en el país, sin ingresos seguros ni seguridad laboral ni seguridad social alguna, están cansados que por orden del nuevo alcalde de la ciudad –que le cumple así a los grandes comerciantes que lo financiaron– la policía no los deje ofrecer sus mercancías con tranquilidad.
    Su paso fue constante, y sus voces fuertes. Una y otra vez gritaron su rechazo a las pretensiones del alcalde Peñalosa, la cual los excluye, desconociendo el derecho que todo ciudadano colombiano tiene para ganarse la vida de forma honrada, mucho más cuando el Estado no supera su incapacidad para ofrecer condiciones mínimas para la sobrevivencia de miles de familias de escasos recursos.
    Según sus organizadores, esta marcha es la primera jornada multitudinaria a partir de las cuales exigen un diálogo abierto y franco al Alcalde. Por su lado el mandatario capitalino sigue insistiendo ante los medios de comunicación en que lo realizado cada día por los vendedores ambulantes es una “invasión del espacio público”, lo cual deforma e impide que Bogotá sea la ciudad que él sueña: una pulcra capital, desprovista de pobres, ojalá proscritos a la lejana periferia capitalina.
    Tal vez en sus noches de insomnio, en las cuales suma los beneficios que recibe por los negocios derivados de cada una de las medidas que toma en beneficio de los más ricos de la ciudad, el Alcalde, habitante consuetudinario de ciudades gringas y europeas, olvida que en estas tierras del Divino Niño y del Sagrado Corazón de Jesús, ni el pan, ni el techo, educación o salud, han sido garantizados por el Estado, siquiera en los mínimos necesarios para conservar la dignidad de sus ciudadanos, por lo cual la urbe desde hace décadas, terminó por ahogarse chapoteando entre los legamos del neoliberalismo.
    Algo que muchos no alcanzan a comprender. Cuando millones de ciudadanos han sido abandonados a su suerte por parte del Estado, al azar de las escasas posibilidades de encontrar compradores para su fuerza de trabajo poco calificada, sigue siendo legítimo, tal y como lo sostuvieron los vendedores, ocupar el espacio para ganar los recursos que les permita sobrevivir en esta selva de cemento.
    El problema es complejo, los vendedores desarrollan un tipo de trabajo precario pero las condiciones socioeconómicas de muchos distan de serlo, es cierto. Además de esto en diversas zonas de la ciudad algunos tienen que pagar alquiler a parceladores de andenes para que les permitan trabajar. Sin embargo no son todos, ni siquiera la mayoría como pregona el Alcalde; mucho menos puede predicarse que los ambulantes sean los sujetos infractores, dúctiles, maleables, sin consciencia, que devela el imaginario de Peñalosa por cuenta de sus intervenciones. Son hombres, mujeres, jóvenes, padres de familia, líderes barriales, estudiantes, subvalorados ciudadanos, ponderados por la abusiva métrica de lo que entorpecen y no por aquella con que contempla lo que aportan a la sociedad.
    Han prometido los vendedores callejeros una larga lucha, un prolongado pulso que puede ir calentándose ante las persistencia del poder local por negar, ignorar, despreciarlos como ciudadanos que bregan en las calles para sobrevivir, pero que deben ser reconocidos como acreedores de plenos derechos al igual que cualquier ciudadano de vestido o alpargatas en este país. Así lo entendieron instancias jurídicas cuando fallaron tutelas a favor de vendedores ambulantes, quienes a pesar del crujir de dientes de la administración distrital, retornarán con sus carros y chazas a repoblar el espacio público de la capital para seguir ganando su sustento.
    Poco les falla la memoria a los vendedores. Aún cargan nítidas en sus cerebros y retinas el recuerdo de las persecuciones, golpes, encarcelamientos, multas y decomisos que sufrieron durante la primera administración de  Peñalosa 1997-2000, pero en esta oportunidad están dispuestos a defenderse, y para ello están mejor organizados y dispuestos a desplegar acciones de mayor contundencia. Siguen dispuestos a hablar, llaman al Alcalde a la creación de una mesa de concertación que permita construir soluciones entre todos, que el Distrito renuncie a la imposición unilateral de la voluntad del burgomaestre apoyada en los gases y el bolillo de sus perros del Esmad.
La larga marcha blanca ya empezó...

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La marcha blanca de vendedores en el espacio público


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